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Debo a la generosidad del Profesor Roberto Cagnoli, de las Bibliotecarias Alicia
Ferrari y Silvia Anselmi y del Arquitecto Manuel Net, la felicidad de poder
hablar hoy en este Taller y debo a Ustedes la generosidad de escucharme.
Durante una cantidad de años he podido ayudar a la prosperidad de la Biblioteca de la Facultad de Arquitectura Diseño y Urbanismo de la Universidad de Buenos Aires, a la convocatoria al Primer Encuentro de Bibliotecas de Arquitectura, Diseño, Arte y Urbanismo de la Argentina y a las reuniones fundacionales de la Red Vitruvio, juntamente con Alicia Ferrari, Manuel Net y el Profesor Cagnoli. Mi vinculación con estos asuntos no surgió de una invasión, como profesor e investigador de la arquitectura, al sagrado territorio de la profesión bibliotecaria, sino que fue culpa de mi falta de discreción, al no poder disimular mi deseo de que la biblioteca de nuestra Facultad contara con los recursos y el reconocimiento adecuados por parte de la comunidad universitaria. Entonces, el Arquitecto Juan Manuel Borthagaray, por entonces Decano, viendo que yo insistía tanto en la cuestión, me encomendó ocuparme personalmente de averiguar lo que hacía falta. No pude excusarme y no me arrepiento de no haberlo hecho.
Aquella etapa de mi labor académica fue una de las más placenteras y creo que una de las más útiles hasta ahora. Y me ha dejado como beneficio personal una amistad entrañable con Alicia, Manuel, Silvia y toda la gente que día a día sostiene nuestra Biblioteca y ama a los libros.
Y digo esto con toda intención, en pleno auge de Internet, no como una expresión romántica de nostalgia, sino como una proposición crítica. En mi caso se ha cumplido aquella recomendación de que el niño, en la casa, encuentre una biblioteca. Desde chico pude curiosear anaqueles y poco a poco del interés por el colorido de los lomos y la intriga por los nombres y apellidos de los autores, empecé a mirar los índices y las solapas. He leído a autores serios que recomiendan expresamente esta forma de aproximación infantil al libro y en mi caso ha funcionado a la perfección. Los libros forman parte del paisaje de mi infancia desde mucho antes de ser yo un lector.
Después vino un tiempo de "picoteo": empezaba a leer muchos libros y nunca terminaba ninguno. Sólo bastante después descubrí que Unamuno recomendaba y legitimaba ese tipo de aproximaciones irreverentes y debo confesar que la autoridad del gran Rector me trajo tranquilidad de conciencia.
En mi escuela primaria, pública y generosa, había libros. Para mis tareas escolares tuve que consultar libros de referencia y también tuve que emprender algunas lecturas de más largo aliento. Poco entusiasmado por las novelas, mi adolescencia estuvo poblada de poesías y de ensayos. Pero ya había entrado en mi colegio secundario, el Colegio Nacional de Buenos Aires, en donde uno de los paraísos era la Biblioteca. Era -y sigue siendo- un ámbito inolvidable: grande, lujoso, revestido en maderas nobles y en libros que tapizaban todas las paredes.
En la biblioteca del Colegio aprendí a usar los ficheros, conocí bibliotecarios referencistas llenos de sabiduría y aprendí la diferencia de funciones entre el bibliotecario y el repositor. Cuando llegaba el fin del horario, los repositores encargados de desalojar a los lectores morosos, nos tenían piedad: siempre había un minuto más para el último párrafo. Allí, en la biblioteca del Colegio, preparé toda una investigación acerca del pensamiento de Esteban Echeverría, nuestro gran ideólogo del romanticismo democrático. Y durante las horas libres, me puse a tratar de descifrar las poesías de Rosalía de Castro escritas en lengua gallega.
Con el correr de los años, también fueron mías las bibliotecas públicas del diario La Prensa, la del Museo Social Argentino, la del Maestro, la del Congreso y la Nacional. Aunque entonces yo no me daba cuenta, pocos edificios me resultaban tan hospitalarios como las bibliotecas; y una especie de solidaridad secreta me unía a mis vecinos, desconocidos lectores como yo.
En estas lides de consultar libros, leer, informarse, descubrir temas inmensos y deslumbrarse con una frase o un párrafo, no me hallaba en soledad sino en grata compañía. No sólo porque era el hábito común con mis compañeros de estudios, sino porque frecuentemente, cuando abría un libro muy leído, encontraba, cada tanto, las huellas de mis predecesores menos respetuosos de la integridad física de los libros: a veces, para mi enojo, alguna página dañada; pero también un enfático "¡genial!" al lado de un párrafo glorioso.
Así, con la memoria de una infancia y de una adolescencia en donde los libros no habían estado ausentes, ingresé a la Facultad y por natural inclinación fui visitante asiduo de nuestra Biblioteca y de la de la Sociedad Central de Arquitectos, más pequeña pero igualmente cálida y hospitalaria. La de nuestra Facultad era un mundo.
Con los años, y con mi pasaje sin interrupción del aprendizaje a la investigación y la enseñanza, la Biblioteca fue en todo momento uno de mis ámbitos. Poco a poco fui conociendo a las personas y muy especialmente deseo recordar aquí a la Profesora Martha Parra de Pérez Alén, que acaba de fallecer muchos años después de su jubilación y que fue la gran Directora de nuestra Biblioteca.
Hoy, además, disfruto de la Biblioteca Sarmiento de nuestra Sociedad Científica Argentina, cuya riqueza invito a conocer.
He hecho este pequeño relato, no con la intención de hablar de mí y de manifestar mis afectos, sino para dar un testimonio acerca de cómo los libros y las bibliotecas se han ido mezclando en mi formación, la de un profesor e investigador universitario.
¿Qué hubiera podido hacer sin bibliotecas? ¿Cuánto de lo que he aprendido y sigo aprendiendo no está relacionado con la frecuentación de las bibliotecas? Mi caso no es el de un investigador con dedicación exclusiva, sino el de una persona que para su hacer profesional consulta libros, trabaja con fuentes documentales, busca aclarar sus ideas e informarse con bases ciertas y seguras.
¿Cambiará ésto en la era de Internet? Hace pocos días escuchaba en un reportaje radial a una profesora que, horrorizada por la técnica de los alumnos de "bajar información de la Web y pegarla en sus trabajos prácticos", criticaba fuertemente a los nuevos medios y los contraponía al libro.
La comprendo. Sin embargo, poniendo en juego mi experiencia como docente, puedo decir que es muy fácil evitar el trabajo mecánico de los alumnos, innovando el modo de plantear los ejercicios: Es posible que en alguna página Web hallen la biografía de Palladio o aún el análisis de una obra de Palladio; es más difícil que hallen justo una comparación entre esa obra de Palladio y otra de Borromini, seleccionada por el docente. La hiperoferta de información es un desafío al cual hay que contestarle con ingenio, porque lo necesario no es que el alumno almacene una cantidad de información que ya está en los libros o en la Web, sino que sepa usarla. No hacen falta cabezas bien llenas, sino bien organizadas, decía Montaigne.
Ahora bien ¿es comparable Internet con una Biblioteca?. Es mucho lo que se ha escrito sobre el tema aunque siempre es posible decir algo más, Desde luego que, para quienes hemos sido formados en tiempos de la "Galaxia Gutenberg" -ya casi prehistóricos- las novedades no siempre son fáciles de asimilar y de aceptar.
Desde mi personal punto de vista, todos estos nuevos medios son novedades fantásticas y pienso que en nada invalidan a los libros y a sus inmensas virtudes. Admiro en éste tema, el optimismo que tenía Borges, que al llegar el hombre a la Luna, escribió una poesía para exaltar la hazaña y para afirmar que el logro en nada restaba valor poético a la luna: Para los astronautas,
La luna,
que el amor secular busca en el cielo
con triste rostro y no saciado anhelo,
será su monumento, eterna y una.
¿Por qué contraponer Internet a una Biblioteca? Quizás tenga ciertos fundamentos la duda: no por el hecho tecnológico, en sí, sino por el uso que pueda darse a los nuevos medios y por el riesgo de olvido de los anteriores.
Pero es aquí en donde podemos hallar una luz para entender lo que nos sucede: aquello que deslumbra en Internet es en gran medida todo aquello que los libros y las bibliotecas no podían ofrecer: a veces tengo que trasnochar, enfrascado en la preparación de una clase o en la terminación de un escrito, me falta un dato que no tengo entre mis libros, busco una página Web y puedo seguir mi trabajo sin moverme de mi computadora. ¿Quien puede renunciar a Internet? ¿Quién puede volver atrás, después de esta facilidad?
Y sin embargo, todo aquello que la Web no puede ofrecerme, está allí en los libros y en las bibliotecas: Tomo un libro, empiezo a leer, vuelvo la página, retrocedo, cierro los ojos y vuela mi pensamiento hacia la página anterior o hacia el infinito. Tengo en mis manos un objeto entrañable, que no me obliga a estar con la mirada fija hacia una lámpara de rayos. Estoy en un ámbito sereno, en compañía de mucha otra gente que lee y que piensa. No es romanticismo, es la percepción de un espacio distinto, de un ambiente diferente, de una actividad irremplazable.
Es posible que en un futuro no muy lejano sea tanta la cantidad de textos "on line" que superen la cantidad de cualquier biblioteca mediana o aún grande. ¿Llegará entonces el momento de cerrar las bibliotecas al público, para sólo guardar como tesoros las revistas y libros impresos? Es probable que con los nuevos medios muchos se conformen con lo que puede llegar hasta su monitor y no sientan necesidad de trasladarse hasta una biblioteca. Es posible que la escasez de lectores haga insostenible el costo funcional de muchas bibliotecas.
Sin embargo ¿no será más necesario aún en la Sociedad de la Información, contar con unos ámbitos en donde uno pueda encontrarse con libros, con lectores y con personas que saben de libros y que saben orientar las búsquedas?
En el mismo reportaje radial que comenté, la profesora se quejaba de que ya los alumnos no saben buscar la información: antes aprendían a leer y entender las fichas y hoy se acercan al bibliotecario y les piden el material usando una palabra clave, como si estuvieran frente a un buscador de la Web. Pero me pregunto ¿no es así como se consulta un diccionario? ¿No es así como se ingresa al conocimiento a través de una enciclopedia? ¿Y no es así como nos surgen las dudas? Después de tanto que oímos a diario acerca de la clonación ¿no necesitamos averiguar de un modo simple, introductorio, de qué hablan cuando nos hablan de clonación?
¿Para qué sirven las bibliotecas, si no es para eso: para ayudarnos a ingresar al mundo del conocimiento? ¿Y no es, justamente, en esta "sociedad del conocimiento" cuando más necesitamos bibliotecas y bibliotecarios?
Yo creo que sí, y aunque me tomen por un romántico anacrónico, sigo creyendo en las bibliotecas. Uso intensivamente las páginas Web y el correo electrónico, pero no dejo de frecuentar bibliotecas. Y sigo creyendo que construir y ampliar bibliotecas es una tarea propia del siglo XXI tanto o más que como lo fue en el siglo XVIII, cuando el Iluminismo dio una forma moderna a estas instituciones.
¿Para qué sirve una biblioteca? No para bajar información, copiarla y pegarla: para eso es mejor Internet. Una biblioteca sirve para otra cosa: para preservar y transmitir la cultura, el conjunto de la cultura y no un fragmento. Porque la biblioteca es una institución, con razón y sentido. Porque realiza una labor intelectual y presta un servicio. Porque puede adaptarse a las innovaciones tecnológicas sin perder su esencia. Porque es, como hubiera dicho Borges, una puerta al universo.
¿Cuáles son nuestras concepciones acerca de la cultura, de la ciencia, del arte, de la sociedad...? El hombre ha ido creciendo desde la animalidad hacia la más plena humanidad, a través del pensamiento y de la interacción inteligente, sea por cooperación solidaria -como sostenía Ashley Montagu- o por rivalidad -como supone Richard Leakey- .
A lo largo de los siglos, las instituciones de educación y cultura han servido de conservadoras y transmisoras del saber, pero también de incubadoras del pensamiento: escuelas, universidades, museos, bibliotecas. Son éstas las grandes instituciones que han servido y sirven para el verdadero progreso humano, porque son las que sirven para ayudar a la difusión del pensamiento y a la generación, también, de nuevo pensamiento.
Y podemos decir esto en nuestro país con legítimo orgullo, porque cuando Mariano Moreno definió en 1810 el carácter que tendría nuestra biblioteca nacional, no la imaginó como un tesoro inaccesible, sino como un ámbito de pensamiento y de libertad: "Toda casa de libros -escribía- atrae a los literatos con una fuerza irresistible, la curiosidad incita a los que no han nacido con positiva resistencia a las letras, y la concurrencia de los sabios con los que desean serlo produce una manifestación recíproca de luces y conocimientos, que se aumentan con la discusión y se afirman con el registro de los libros, que están a mano para dirimir las disputas".
La Biblioteca no sería para lectores ensimismados sino para el diálogo de las ideas y el fermento de ideas nuevas. Las bibliotecas debían ser públicas, abiertas. "Seis meses -escribía Moreno- se calentaron los baños públicos de Alejandría con los libros que habían escapado del primer incendio ocasionado por César, y el fuego disipó ese monumento de vanidad de que los pueblos no habían sacado ningún provecho".
Bibliotecas públicas, populares, y no tesoros quería también Domingo Faustino Sarmiento, para que el pueblo pudiera educarse aunque no tuviera en su bolsillo dinero para comprar libros. Bibliotecas Públicas, decimos hoy, para que el acceso al saber no sea exclusivo de quienes disponen de medios y recursos que les permiten el dudoso lujo de olvidarse de sus semejantes.
Pero bibliotecas públicas modernas, actualizadas, con libros, con computadoras y conectividad; pero también, y por encima de todo, con bibliotecarios, que son las personas que nos pueden ayudar en medio de la inundación informativa, a encontrar el camino de acceso al conocimiento. Porque de eso se trata: de hallar el camino en medio del bosque. Esa es la necesidad del lector, del alumno, del docente, del investigador.
Antes que la escritura, en Babilonia, 1700 años antes de Cristo, se inventaron los procedimientos algorítmicos, es decir, las secuencias de pasos. Esa nueva orientación intelectual fue la que llevó al desarrollo de la escritura silábica, cuneiforme, al posterior invento del alfabeto fonético, al desarrollo griego de la razón, del "logos", de la lógica. Con el razonamiento lógico y el desarrollo de la abstracción mental, el hombre pudo elevarse desde su piso animal. El texto escrito fue una creación puramente humana.
Indudablemente la imagen también es importante: por motivos mágicos, lúdicos o narrativos, apareció hace 30 milenios y ha crecido su vitalidad; a través de sus vestigios podemos apreciar que el surgimiento del arte visual ha sido en la biografía del hombre un paso fundamental.
Recuerda Roman Gubern una antigua leyenda recogida por Plinio el Viejo acerca del invento del arte de la pintura: "Según esta leyenda fundacional, una doncella de Corinto trazó sobre una pared la silueta del rostro de su amado, proyectada como sombra, para gozar de la ilusión de su presencia durante su ausencia (...). No habrá de extrañar, por tanto, que algunas lenguas antiguas, como el latín, utilicen la misma palabra (imago) para designar la imagen, la sombra y el alma". ¿Porqué la imagen para representar el alma? Hemos oído decir desde hace unas décadas que una imagen vale más que mil palabras... Pero ¿es cierto?
Yo creo que no es del todo cierto. Las cosas están desde antes de que el hombre las viera; sin embargo la percepción es un mecanismo complejo, sólo en parte de naturaleza óptica: el resto es intelectual, porque se completa con la interpretación de lo visto. Y si lo que vemos son imágenes parecidas a las cosas que conocemos, la percepción es más veloz, porque no exige el pensamiento lógico. Esa es su facilidad.
En cambio, cuando lo que
vemos es un texto, necesitamos leer en forma metódica y para ello tenemos que
utilizar nuestra razón. De ahí la inercia que lleva muchas veces a los
actuales adolescentes a preferir, en los correos electrónicos o mensajes del
celular, una escritura mutilada, que se parece más a los antiguos pictogramas
que no exigían pensar racionalmente. Estas cuestiones son de especial
importancia para nuestras bibliotecas de arquitectura, arte y diseño, tan
exigidas siempre en materia de imágenes.
¡Pensar racionalmente! Algo que muchos creen que es una pretensión inoportuna en estos tiempos audiovisuales que aspiran a ser más modernos que la posmodernidad y que, sin embargo, están tan influidos por el irracionalismo de Nietzsche y sus herederos.
Pero hoy sabemos algo más: que la percepción de imágenes y la percepción de textos no activan las mismas regiones del cerebro: que son cosas distintas. Que hay algo mucho más preciso y contundente que una mera preferencia producida por el instinto y combatida por la educación.
En 1995 Derrick de Kerckhove director del Programa McLuhan de la Universidad de Toronto -que estará esta semana en Buenos Aires dictando conferencias-, publicó un libro de gran interés: "La piel de la cultura. Investigando la nueva realidad electrónica". Aquello que en McLuhan eran intuiciones, hoy son experimentos de laboratorio, con sensores, computadoras, cámaras infrarrojas y mapas del cerebro.
De las experiencias de laboratorio, Kerckhove extrae conclusiones. La televisión se comunica sobre todo con el cuerpo, no con la mente. La pantalla produce un impacto tan directo sobre el sistema nervioso y sobre las emociones y tan escaso efecto sobre la mente, que la mayor parte del procesamiento de información está, de hecho, representado en la pantalla.
"Con la televisión
-escribe Kerckhove- la imaginación sucede fuera de la mente". (...) "Con la televisión, el punto de vista se encuentra fuera, mirando directamente en
nuestro interior con su haz de electrones. (...)".
"Cuando
el mundo occidental era guiado sólo con los libros, había un
"dentro" y un "fuera" de nuestra experiencia psicológica.
El mundo exterior era público, colectivo, estable, fiable y objetivo. Este
mundo se hallaba institucionalizado por la ley, la educación y la ciencia. El
reino interior de nuestras mentes permanecía privado, personal y
subjetivo".
"Los
media en directo, sin embargo, como la radio o lo televisión, han
acelerado la elaboración externa de información y han comenzado a disipar la
distinción entre lo público y lo
privado. Si leer letra impresa es una experiencia verdaderamente privada,
escuchar la radio, ver la televisión o entrar en lnternet no lo es".
"La
televisión suministra un tipo de realidad "mental" en el exterior del
cuerpo y de la mente. Mientras miramos la televisión, nuestra mente no divaga; si no se utiliza el mando a distancia, los
imágenes de la pantalla nos reemplazan a nosotros mismos. Compartimos la
imaginación colectiva y el pensamiento colectivo se hace disponible. En la
televisión, las imágenes no provienen de la experiencia personal, sino del
trabajo de un equipo profesional de producción, a menudo fuertemente influido
por las encuestas y los estudios de mercado. Los sondeos no tratan con los
gustos y preferencias individuales o particulares, sino con números. Así, los
sondeos, y las parrillas de televisión que dependen de ellos, están dirigidos por
la conciencia colectiva más que por la privada."
La
televisión se ha convertido en un "sentido electrónico común".
"No importa si tenemos un canal o cincuenta" (...) "La televisión
es un barómetro de la psicología global" (...) "realiza el ejercicio
intelectual por nosotros".
Para
la ideología habitual de la televisión y de gran parte de la Web, no es
necesario que pensemos críticamente: el promedio sustituye a la individualidad.
Pero tampoco llegamos a tiempo a pensar en modo alguno. El bombardeo de imágenes
es veloz, estimula a nuestro cuerpo y no a nuestra razón. Antes de que
lleguemos a pensar, ya hemos tenido una sensación intensa y ya estamos en otra
cosa.
Todo
lo opuesto es lo que nos pasa frente al libro: nadie nos lleva de las narices, y
podemos, en cambio, dejar fluir nuestro pensamiento; podemos hacer uso de
nuestra capacidad de bifurcar el pensamiento que es lo que según Popper y según
Prigogine, hace posible la creatividad humana. Para eso hacen falta bibliotecas.
Y
por eso y para eso, no sólo para buscar datos y fotocopiar citas, es que pocas
cosas son más necesarias para el adelanto de las investigaciones como una
biblioteca.
"Las
bibliotecas, escribía Borges" son la memoria de la humanidad. También son
incubadoras de futuro. Esa es mi conclusión como investigador usuario
agradecido de las bibliotecas.
Ojalá
sirvan estas palabras de aliento para no desesperar, ni por las dificultades de
la gestión, ni por los desafíos tecnológicos.
Si
hay algo que quisiera decir a los bibliotecarios presentes, desde mi perspectiva
de investigador, es que nos resultan indispensables para continuar nuestra
labor. Y que les deseo bibliotecas muy prósperas, muy reconocidas y llenas de
lectores.
Buenos
Aires, 22 de agosto de 2004.
TALLER
INTERNACIONAL UNA TARDE EN EL MUSEO
VITRUVIO
Red
de Bibliotecas de Arquitectura, Arte, Diseño y Urbanismo / IFLA, Sección
Bibliotecas de Arte
Congreso
Mundial de Bibliotecas e Información: 70º Congreso General y Consejo de la
IFLA, "Bibliotecas: Instrumentos para la Educación y el Desarrollo"
(Buenos
Aires : 22 al 27 de Agosto de 2004).